sábado, 5 de enero de 2013

¿AL BORDE DE LOS PRECIPICIOS?

¿AL BORDE DE LOS PRECIPICIOS?

La ocurrencia de actos de pedofilia y la existencia de  redes que promueven la prostitución, el abuso y la  pornografía infantil ha estremecido al país durante este último tiempo y, con mucha razón, provocado un repudio  general que clama justicia por el gravísimo daño causado. El país espera que los autores sean debidamente juzgados, que se les aplique todo el rigor de la ley  y que  reciban el castigo que les corresponda, especialmente quienes han actuado contra niños indefensos.
El grupo de inculpados es variopinto y en él está representado toda nuestra sociedad: hombres y mujeres, sacerdotes  y seglares, jóvenes y viejos, ricos y pobres, doctos e ignorantes, políticos y apolíticos, cada cual con su nombre, edad,  domicilio, y propia historia. Antes, por lo menos en apariencia, personas normales, comunes y  corrientes. Hoy, convertidos  en autores de ominosos crímenes.
¿Cómo ha sido posible esta transformación?
La psiquiatría, la psicología y la criminología tendrán que ser capaces de explicarnos la etiología de sus conductas y respondernos si son  personas normales o no; averiguar si sus historias personales, quizás  llenas de traumas,  podrían darnos una explicación que nos permita comprender sus acciones, el por qué  fueron capaces de actos  tan abominables  y  perversos y, por último,  por qué no funcionaron debidamente sus respectivos  controles  morales.
Pero también, con mucho coraje y sin hipocresía, debemos  ser capaces de preguntarnos si alguna responsabilidad compartimos al permitir que  nuestra sociedad y nuestros hogares sean permanentemente agredidos y envenenados con tanto exhibicionismo sexual como el  que hoy invade la moda,  el lenguaje, las revistas, la música, la televisión, el cine, los libros, la publicidad y la web. No se escapa nada porque, bien lo sabemos,  el sexo vende bien.
Comentando estos hechos, el perspicaz  periodista Fernando Villegas, a quien ni de lejos es posible tildar de mojigato, nos advierte con su aguda pluma   de cómo el sexo “se apodera día a día  de nuestras almas y se nos ofrece mentirosamente como atajo para eludir todas las infelicidades con el espasmo del placer. Y esa escalada, -termina diciendo - tarde o temprano, conduce a los precipicios”.
¿No estaremos ya muy cerca de ellos?


La ocurrencia de actos de pedofilia y la existencia de  redes que promueven la prostitución, el abuso y la  pornografía infantil ha estremecido al país durante este último tiempo y, con mucha razón, provocado un repudio  general que clama justicia por el gravísimo daño causado. El país espera que los autores sean debidamente juzgados, que se les aplique todo el rigor de la ley  y que  reciban el castigo que les corresponda, especialmente quienes han actuado contra niños indefensos.

El grupo de inculpados es variopinto y en él está representado toda nuestra sociedad: hombres y mujeres, sacerdotes  y seglares, jóvenes y viejos, ricos y pobres, doctos e ignorantes, políticos y apolíticos, cada cual con su nombre, edad,  domicilio, y propia historia. Antes, por lo menos en apariencia, personas normales, comunes y  corrientes. Hoy, convertidos  en autores de ominosos crímenes.

¿Cómo ha sido posible esta transformación?

La psiquiatría, la psicología y la criminología tendrán que ser capaces de explicarnos la etiología de sus conductas y respondernos si son  personas normales o no; averiguar si sus historias personales, quizás  llenas de traumas,  podrían darnos una explicación que nos permita comprender sus acciones, el por qué  fueron capaces de actos  tan abominables  y  perversos y, por último,  por qué no funcionaron debidamente sus respectivos  controles  morales.

Pero también, con mucho coraje y sin hipocresía, debemos  ser capaces de preguntarnos si alguna responsabilidad compartimos al permitir que  nuestra sociedad y nuestros hogares sean permanentemente agredidos y envenenados con tanto exhibicionismo sexual como el  que hoy invade la moda,  el lenguaje, las revistas, la música, la televisión, el cine, los libros, la publicidad y la web. No se escapa nada porque, bien lo sabemos,  el sexo vende bien.

Comentando estos hechos, el perspicaz  periodista Fernando Villegas, a quien ni de lejos es posible tildar de mojigato, nos advierte con su aguda pluma   de cómo el sexo “se apodera día a día  de nuestras almas y se nos ofrece mentirosamente como atajo para eludir todas las infelicidades con el espasmo del placer. Y esa escalada, -termina diciendo - tarde o temprano, conduce a los precipicios”.

¿No estaremos ya muy cerca de ellos?

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