miércoles, 27 de febrero de 2013

EL GRAN SILENCIO


 
Quince años tuvo que esperar el cineasta alemán Philip Gröning para conseguir que los Cartujos de la Grande Chartreuse le abrieran las puertas de su monasterio para filmar, durante meses de convivencia y trabajo -con una cámara en mano y mucho silencio- la película “El gran silencio” que muestra su vida  en medio de las alturas y la soledad de los Alpes franceses. Por los comentarios de las personas que la han visto, es posible darse cuenta de que la película a una gran mayoría le ha producido un largo y profundo   bostezo de aburrimiento.


No se podría esperar una respuesta diferente en medio de una cultura que, por una parte, sobredimensiona hasta la exageración  los estímulos visuales y auditivos como los principales y muchas veces únicos portadores de los mensajes de la comunicación humana y que, por otra, valora sólo lo que es funcional, lo que  sirve y entrega beneficios, especialmente  si son pecuniarios. Entonces no parece nada de extraño que   no se comprenda en absoluto la forma de vida de estos monjes; no somos capaces de entender  que, en pleno siglo XXI, alejados del bullicio y de la agitación  del devenir cotidiano, un grupo de personas haga del silencio y la contemplación una forma de vida.

 El sonido (¿o el ruido?) y la imagen son  fenómenos tan universales y tan  parte de nuestro “paisaje” cotidiano que han llegado a conformar a nuestro alrededor    una verdadera “cultura audiovisual”, cuyo  producto estrella  es el videoclip que, con su presentación de  imágenes y música proyectados a gran velocidad, muestra su argumento con un lenguaje que es muy apreciado, especialmente por la gente joven.

Es imposible tan siquiera imaginar por un momento hacer  un viaje en bus o estar en una sala de espera sin la presencia de una pantalla de televisión; subirse a un taxi o manejar  un vehículo sin la radio a todo volumen; entrar  a comprar a una tienda sin que nos acompañe  la estridencia de una música gritona y machacona; jugar a algo que no sea digital e interactivo; andar por las calles con las orejas tapadas con los auriculares ; pasear por el parque sin el ruido ensordecedor  de las batucadas.

Sólo falta que las bibliotecas permitan acompañar la lectura con un buen videoclip o con una alegre “música de fondo”.  Muy probablemente estarían llenas, no como ahora: quizás es la paz y el silencio lo que aleja a los lectores.

 

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