sábado, 9 de marzo de 2013

LA MUJER ¿NECESITA UN DIA?


 


A riesgo de parecer una interrogante  misógina, es necesario reflexionar acerca de  la necesidad de celebrar el día internacional de la mujer. Más allá de oportunismos electorales y de fotos para la portada de los diarios, no se ven con claridad las razones que llevaron a institucionalizar un día del año para regalarles flores y realizar actos públicos ofreciendo desde el gobierno discursos que destaquen lo que se ha hecho por ellas  y desde  la oposición para enrostrar lo que no se ha hecho.



No se trata, ni de lejos,  de negar que en muchos países las mujeres han sido y son  aún fuertemente discriminadas, segregadas y muchas veces  impedidas de ejercer los  derechos que les pertenecen no por su sexo, sino por ser personas humanas. Negarlo sería cerrar los ojos a una realidad que muestra a países en los que, por ley, se discrimina de manera grotesca e inhumana a las mujeres, castigándolas a la lapidación por la comisión de ciertos actos, impidiéndoles el derecho a elegir a su esposo, mutilándoles partes de su cuerpo, prohibiéndoles  manejar un vehículo, mostrar su rostro en la vía pública o decidir  con su voto los destinos de su patria. La ONU Mujeres tiene allí un rol relevante que cumplir.

La cultura cristiana-occidental rechaza en forma unánime esa realidad y lucha, con mucha razón, por su pronto exterminio. Pero no debe rasgar vestiduras con mucha   rapidez y desembarazo, puesto que también en esta parte del mundo persisten muchas discriminaciones, tal vez menos graves, pero no por eso menos injustas, y deben ponerse todos los esfuerzos  para erradicarlas, para permitir su pleno y libre desarrollo, dándoles la oportunidad de incorporarse  en igualdad de condiciones a todas las actividades, conforme a sus capacidades, aptitudes, intereses y motivaciones.

Lo expresado no quiere decir que sea necesario llevar a todos los rincones  del quehacer humano, políticas de discriminación positiva, que establezcan  por ley mínimos de participación femenina en ámbitos políticos y laborales. Leyes que favorezcan su pleno desarrollo, sí; leyes que impidan que ganen menos que los hombres, realizando trabajos semejantes, sí; leyes que  favorezcan la conciliación laboral con la familia, como la del postnatal de seis meses, sí. Pero  exigir a un partido político  tener en su planilla a un mínimo de candidatos del sexo femenino no parece ser un paso correcto, como tampoco lo sería crear una norma que obligue a que la mitad de las fuerzas armadas,  de los  gerentes  de los embajadores,  de los ingenieros o de los  médicos sean mujeres. ¿Cuál sería la razón, acaso ellas no han demostrado que están igualmente capacitadas que los hombres para ejercer esas profesiones? ¿No sería, acaso, un insulto a ellas proceder de esa forma?

 

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