lunes, 22 de abril de 2013

GUERRA A LA VIOLENCIA


 

Desde Caín hasta nuestros días la violencia humana ha sido una constante compañera de la historia del hombre, dejando siempre tras de sí una  indeleble impronta de lágrimas, dolor, angustia y sufrimiento; pueden haber existido etapas de mayor o menor paz, de mayor o menor uso de la fuerza, pero, de una o de otra forma, siempre la violencia, bajo cualquiera de sus formas, ha estado presente.


 Desde el siglo de las luces, el hombre ingenuamente creyó que, habiendo dejado atrás a Dios y la fe, con el uso de la  razón y sus hijas predilectas, las ciencias y la técnica, se había iniciado el momento del progreso ininterrumpido, y que  la racionalidad se encargaría por sí sola de crear un mundo feliz, sin guerras, sin dolor, sin hambre, sin enfermedades, sin pobreza, sin tiranías.

La historia se encargó muy pronto  de desmentir el mito: la libertad, la igualdad y la fraternidad no nos trajeron la paz. Y ahí  tenemos, a modo de ejemplo,  a nuestro recién pasado siglo XX  que, como testimonio de su paso, nos dejó  las huellas de las brutales tiranías comunista y nazi, guerras con  millones de muertos; aparición de nuevas enfermedades y epidemias;  pobreza y desnutrición; delincuencia urbana;  estrés y drogadicción.

Sin lugar a dudas que ha habido progreso ¡y mucho! El conocimiento producido por el hombre ha sido capaz de hacer un mundo mejor, exterminar muchas enfermedades y aliviar muchos dolores; la ONU, la UNICEF, la FAO,  la OMS y la OIT, con sus más y sus menos,  han puesto una importante cuota para mejorar las condiciones de vida de la humanidad; cada país ha creado instituciones y su propia legislación  para mejorar la vida de sus habitantes. Pero la porfiada violencia no da tregua: se esconde y aparece, retrocede y avanza, inventando nuevas formas, manifestándose de maneras más sutiles y sofisticadas al interior de los matrimonios, en medio de  las familias, en la amistad, en los colegios y en las empresas.

La violencia no es una condición ineludible de la vida del hombre, por lo que  es tarea de todos  luchar con denuedo y perseverancia  para erradicarla,  partiendo cada uno por sí mismo, porque es en el corazón humano donde, en último término, se encuentra  el germen del  veneno  de la violencia, pero es también allí donde se encuentra la paz. “A veces el hombre es lobo para el hombre, pero si yo fuera bueno, el mundo sería bueno”, afirma José Ramón Ayllón.  Quizás no sea fácil ser bueno,  pero lo cierto es que, en definitiva, más que los tratados y “altos al fuego” (necesarios, por cierto), cada hombre y mujer deben ser, en su respectivas circunstancias,  verdaderos instrumentos de paz, poniendo amor en medio del odio y tendiendo   puentes que propicien el diálogo, el entendimiento y la unión.

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