sábado, 25 de mayo de 2013

EL HABITO LECTOR


 

Pese a que la Segunda Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural da cuenta del importante crecimiento que viene mostrando el consumo de bienes culturales, aún mantenemos un bajo nivel lector. Si bien hay algunos  matices según sexo, grupo etáreo y nivel socio económico, el hecho fuerte es que la mitad de la población  afirma haber leído sólo un libro en los últimos 12 meses.

En concordancia con la “cultura audiovisual” que campea en el mundo, el consumo de libros está muy por debajo del cine,  televisión y  radio. Probablemente  sea imposible que alguna vez  se le acerque, pero plantea el bonito desafío de lograr la meta de una mejor “perfomance”  lectora en toda la población. No se trata de remplazar a esos medios de comunicación, entretención y cultura, sino de lograr un reparto más equilibrado del tiempo que se dedica a cada uno.

¿Cómo lograrlo?

Lo primero es el ejemplo: que los niños vean libros en sus casas y vean leer a sus padres. Luego, aún antes de que  sepan leer, el hábito lector debe empezar a formarse  a través de lo que los expertos llaman “lectura mediada”, en la que otro, principalmente el padre y/o la madre, operan de  mediadores entre el niño y el relato; luego vendrá la etapa en que el niño lee solo, en voz alta primero y después en silencio, y en esta etapa los libros  deben ser muy bien seleccionados por los padres y profesores, de acuerdo a la temática, el autor, la complejidad  e incluso el formato, para así asegurar la motivación por la lectura. En la edad juvenil sólo se deben dar criterios, permitiendo a los jóvenes elegir los libros, conforme a su edad e intereses; después, cuando adulto,  cada uno debe ser el responsable de lo que lee.

Aunque parezca un residuo oscurantista, un medievalismo impropio de la modernidad y un atentado a  la libertad - “mi vida es mía, de modo  que la vivo como quiero y hago lo que quiero” -, es bueno insistir en la importancia que, a  cualquier edad, tiene el consejo y la orientación a la hora de elegir un libro. No sólo importan los méritos literarios de la obra, el autor o el ranking,  sino también la moralidad de su contenido. Si la prudencia indica la conveniencia de informarse bien antes de tomar un  fármaco, por   el grave peligro que pueda traer para la salud del cuerpo, ¿por qué no hacer lo mismo con  los libros, para cuidar la salud del alma?

 

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