viernes, 14 de junio de 2013

Un estilo de vida sencillo


 

Recientemente La Tercera publicó los resultados de una investigación realizada por la U. de Sussex cuyas conclusiones ubican a Chile “a la par de una de las naciones consignadas (…) como una de las más materialistas del mundo: Reino Unido”, siendo los jóvenes de entre 20 y 30 años el grupo más apegado al dinero. El Diario Concepción, por su parte, publicó otro estudio que muestra al 55% de los estudiantes universitarios de Concepción con deudas en el retail, de ellas, el 75 %  son superiores a un millón de pesos y el 20 %  mayores a siete millones. Los resultados no sorprenden  ya que están en total  correspondencia  con lo que cualquiera puede  observar a diario al hacer un recorrido por cualquiera de los tantos moles de Concepción. “Nos hemos convertido - apunta  nuestro arzobispo don Fernando Chomalí en una entrevista publicada el domingo pasado por este diario -  en una sociedad que gira en torno al lucro y el bienestar, y donde los chilenos se perciben como clientes, consumidores o deudores, pero no como personas”.

La situación que se describe  puede servirnos como un espejo en el que se refleja con nitidez  la imagen de lo que hemos llegado a ser: vanidosos, materialistas, narcisistas, amigos del boato, superficiales, frívolos y ostentosos. “Mostrados”,  personas que valoran y se valoran por las apariencias, por lo que tienen y no por lo que son. Las aspiraciones están puestas en  casas bonitas, autos de lujo, ropa cara y de marca y en  vacaciones “inolvidables”.  Es sin duda una  imagen fea, que nos debe invitar a  cambiar, a optar por  un estilo de vida más normal, natural y sencillo;  a adoptar valores de mayor sobriedad, mesura y simplicidad; a construir un modelo más humano de convivencia y de relaciones con los demás.

Pero la sencillez  no se limita a una mera cuestión externa de conformarse con tener pocas posesiones, sino que implica una lucha interna, muchas veces dolorosa y difícil,  de  romper con la tiranía  del consumismo, con ese afán  casi instintivo de tener y poseer todo lo que ofrece el mercado, lo que se usa y está de moda y de creer en una felicidad que  se logra adquiriendo  “cosas”.  Nos hemos transformado en verdaderos esclavos de deseos y apetitos que el marketing engañosamente nos impone con sus letreros y escaparates vistosos e iluminados: todo diseñado para atraer los ojos y apegar  el corazón a lo fútil. La sociedad entera, cada una y cada uno, debe  hacer un parón  y decidirse por un cambio profundo, a ir contracorriente,  eligiendo una forma de vivir con valores más humanos, austeros, fraternos y solidarios.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario