domingo, 18 de agosto de 2013

AGOSTO: MES DE LA SOLIDARIDAD


 

 

El hombre por naturaleza es un ser sociable desde que nace hasta que muere. La vida humana no es posible sin una estrecha relación de los unos con los otros, no sólo por meras razones de subsistencia biológica (alimento y abrigo), sino por otras que las trascienden y que son, en definitiva,  las que humanizan la vida y posibilitan su pleno desarrollo: cariño, compañía, comprensión, ayuda, consejo, apoyo, aliento y socorro. “La persona está llamada a convivir, a compartir su caminar –sus alegrías, sus penas, su ajetreo diario- con otros semejantes. La criatura descubre su sentido y su plenitud en el desenvolverse en compañía: en la familia, en la amistad, en la participación en el trabajo y en las demás tareas que se llevan a cabo junto a otros” (Monseñor Javier Echevarría).  Nadie debe hacer el camino solo,  somos responsables del que marcha a nuestro lado, especialmente si sufre y/o es más débil.

Debemos convencernos de que somos humanos sólo dentro de una comunidad, de que no somos posibles sin el otro y que el otro no es posible sin nosotros. El otro es siempre un regalo. Cada hombre debe  sentirse  responsable de la suerte y del destino del que está al lado, del  prójimo (que es el próximo), nadie debe ser  indiferente y pasar de largo diciéndose, acaso para acallar la conciencia, “esto no me incumbe”. No, debemos ser capaces de compadecernos del sufrimiento y el dolor ajeno, de hacerlo propio, de compartir y tender la mano al que está caído, hacernos, en fin, solidarios, “Si no se vive la vida para los demás la vida carece de sentido”, dice la Madre Teresa de Calcuta.

Mucho más que una  mera filantropía, que ya es bastante, pero  es poco, la solidaridad no es un mero sentimiento superficial y pasajero, sino una acción generosa para crear ambientes cada vez más justos, una determinación  silenciosa, permanente y concreta   de empeñarse por la suerte de los que nos rodean, con comportamientos que llevan el mensaje “tú, me importas”; un hacerse presente, aunque sea para decirle al otro “aquí estoy, cuenta conmigo”. Lo más probable es que nunca  se  nos pedirá el heroísmo de entregar  la vida: “muchas veces - habla nuevamente la Madre Teresa – basta una palabra, un gesto, una mirada para que la felicidad llegue al corazón del que amamos”. Y entregar felicidad ya es bastante.

La solidaridad, que es una expresión de la caridad, es una virtud indispensable para hacer posible la convivencia humana. No es opio ni, como algunos piensan, acciones  que postergan la necesaria acción política para corregir las injusticias sociales. Son vías que se complementan perfectamente, pero hay una diferencia grande entre ellas: la política es una vocación sólo  de algunos, la solidaridad es una obligación para todos.

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