domingo, 18 de agosto de 2013

EL DULCISIMO PRECEPTO


 

Cuando venimos al mundo no sólo traemos nuestra propia y particularísima  información genética, sino también una historia que se viene transmitiendo por generaciones. Es en este sentido que se puede afirmar que la concepción es un punto de arranque de una nueva vida humana y es también el término de llegada  de una historia precedente en la que hemos sido objeto privilegiado de pensamientos, deseos y promesas de otros. En la concepción se funden un pasado y un futuro que, de alguna manera, devienen clave indivisible del presente de cada individuo. Como ha escrito Juan Pablo II, en la Carta a las familias: “en la biología de la generación está escrita la genealogía de la persona” (Monseñor Javier Echevarría).

El modelo  liberal e individualista   que impera en nuestra sociedad   ha creado un prototipo humano que se caracteriza por la autosuficiencia y desvinculación de cualquier clase de compromiso. Su ideología ha traspasado a la familia, debilitando sensiblemente  los  lazos de  filiación. Muchos  hijos buscan una felicidad  sin compromisos ni lazos que aten en forma permanente a nada y  sobre todo  a nadie, alentando un deseo de  emancipación cada vez más temprana, que les hace  perder  la memoria y la conciencia de ser hijos, de tener un origen a partir unos padres, a quienes deben amor, gratitud y respeto para toda la vida. Al parecer, el ser hijo sólo constituye un rasgo que debe ser superado lo más pronto posible.

Más allá del natural fenómeno del “nido vacío”, hay muchos padres que están abandonados, que no  encuentran espacio en las agendas de sus hijos y no se sienten acompañados por ellos, que han olvidado con facilidad “el dulcísimo precepto” de honrarles y amarles. Son padres tristes, solos, sin un par de  oídos que les escuchen ni un par de labios que se posen sobre su frente; viejos, quizás,  que viven con la vista clavada en la puerta de sus casas, esperando atentos y  ansiosos ver   aparecer en el dintel el rostro de sus hijos y escuchar su voz.

El periódico nos trae esta noticia desde China: “Basándose en una ley que establece que los jóvenes chinos deben visitar regularmente a sus padres, Tribunal obliga a una mujer a visitar a su madre una vez cada dos meses” ¿Cuánto tiempo nos faltará para que  nuestro parlamento- tan aficionado a solucionar  todo a través de la ley-  tenga que poner en un  código lo que Dios ha escrito en el corazón?

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario