domingo, 18 de agosto de 2013

LOS NUEVOS ICONOCLASTAS


 

Sería torpe que alguien se guiara por las normas de “El manual de Carreño” para mostrar buenas maneras. De acuerdo. Pero también lo sería   transgredirlas  todas, esgrimiendo el derecho a  ser siempre auténtico,  espontáneo y asertivo. “Soy como soy, digo lo que pienso y todo está permitido”, parece  ser el eslogan de  quienes se arrogan el derecho a comportarse   a su completo arbitrio, pasando por alto  las más mínimas normas del respeto a los demás y/o al lugar donde se encuentran y/o la situación en que están.

Sin duda que las formas de comportarse tienen mucho de convención y  cambian con el tiempo (vestir de luto para mostrar exteriormente la pena por la muerte de alguna persona) y con el lugar (los palillos dentales a la hora de comer)….pero, el sentido común y un mínimo de  bondad obligan  a asumir algunas a la hora de relacionarnos con los demás. Ese mínimo  se llama buenos modales,  afabilidad y cortesía, virtudes que constituyen “el abecedario en el aprendizaje del respeto. Son formas de decirle al otro “tú existes y yo valoro tu existencia””,  como acota Diego Ibáñez en su libro “Educar…con fundamento”.

¿Qué impide   saludar y despedirse de una persona que, aunque no se conozca, se encuentra  a diario en el camino; porqué no regalar una sonrisa, mostrar buen humor  y dar las gracias por un favor concedido; cuál es la razón de “ladrar” y  mostrar  los dientes ante cualquier desencuentro o equivocación o  no pedir disculpas después de haber cometido una torpeza  o realizado algo incorrecto? Las palabras “por favor”, “gracias” y “permiso” parecen estar sólo  vigentes en el diccionario.

Convivimos  de modo muy  natural con la ordinariez, la chabacanería  y el mal gusto que  muchos, sin  distinción de edad ni sexo,  muestran a la hora de conversar, comer y vestirse; cada cual se siente con el derecho de presentarse  como quiera, sin importar el lugar donde se encuentre, y de comer y conversar de cualquier manera, sin importar ante quien lo hace. Ante tanta zafiedad surge espontáneamente preguntarse el porqué cuidar  tanto  la forma externa de los regalos, cubriéndolos   con un bonito papel y cinta, y no poner el mismo empeño en  otras formas, muchísimo más importantes, como lo son las maneras de comer, hablar y vestir, que, como  dice  Ibáñez,” son las envolturas del respeto”.

 

 

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